LA SEÑORA ABBOT: JANA, SI VUELVES, LIMÍTATE A LOS DETALLES, POR FAVOR I

Este es uno de los relatos que forman parte, por orden, de la serie La señora Abbot:
Efectivamente un violinista...3
El panadero y su falso positivo...
Alcohol, no gracias...1
Alcohol, no gracias...2
Alcohol, no gracias...3
El amanecer willkommen...
La señora Abbot y el pan...1
La señora Abbot y el pan...2
La señora Abbot y el pan...3
La señora Abbot y el pan...4
La señora Abbot, el nombre del violinista...1
La señora Abbot, el nombre del violinista...2
La perspectiva hace la forma...
¿Por dónde iba...?
Ventajas y desventajas...1
Ventajas y desventajas...2
La perfecta alineación de unos zapatos...
El trastorno borderline...
La señora Abbot se va de vacaciones
El crucero cruzado, información inesperada...
El triatlón, la función musical para público especializado...
La señora Abbot, la pajarita que jugaba al póker y el momento...
Muchas pajaritas para tan poca isla...
Logaritmos neperianos...
La señora Abbot: Jana, si vuelves, limítate a los detalles, por favor I




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Título: Vieja haciendo calceta.
Las tres menos cinco de la madrugada. Llevaba aproximadamente despierta diez minutos, quizás veinte. En realidad podría haber pasado una hora. Tumbada boca arriba en la cama el tiempo siempre es demasiado relativo.
El ronquido de mi marido no me dejaba dormir. No solía ser habitual, pero esa noche su apnea del sueño me inquietaba porque su respiración profunda se cortaba justo en la última expulsión de aire sonoro. No me quise levantar. Me declaré guardián oficial de su salud y mantenía mi cuerpo extendido sin forzar la postura. Los brazos se alineaban con las manos cuyos dedos, entrelazados a la perfección, las mantenían unidas. Me entretenía el sentir las pulsaciones en la yema de los pulgares. Podría haber estado así toda la noche, pero no me dejaron.
De la nada apareció una sombra en la esquina izquierda de la habitación. Parpadeé dos veces para humedecer los ojos y de paso comprobar que lo que veía era cierto y no un producto de mi imaginación (por utilizar un eufemismo elegante).
Después del naufragio del crucero por el incendio, mis sentidos se agudizaron a un extremo que no sabría explicar. Olía de lejos, veía en aumento y era capaz de encuadrar distintas palabras a lo largo de cualquier paseo (en un sentido específico para mi situación vital) que me explotaban en visiones de futuro posible. La mayoría de veces intentaba restarle importancia, pero lo que veía se volvía realidad en poco tiempo.
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¿A quién le podía hablar de aquello si los únicos que podían comprenderme desaparecieron en el desastre? A nadie.
A él no se le podía ni nombrar todo aquello. Su deformación profesional y su carácter seguían empeñados en hacerme pasar por el filtro de la química médica, cosa a la cual yo me negaba en rotundo. No estaba loca, lo demostraron mis contactos con otros como yo.
Por eso, al ver aquella sombra que se transformó en una viejecilla sentada en una mecedora haciendo calceta cuyo semblante me era tremendamente familiar, lo único que pude hacer fue taparme la boca con las manos para no chillar.
Estupefacta, me lancé a presionar el botón de la lámpara de la mesilla de noche con tan mala suerte que cayó el despertador al suelo y desperté al bello durmiente.

–¿Qué pasa Jana? – me preguntó sobresaltado frotándose los ojos.
–Nada, nada... duérmete. Es que me había parecido ver algo – le contesté intentado disimular.

¿Cómo se me ocurre?¿Ver algo? ¡Estaba ahí mismo!Acababa de encender la luz y veía a la perfección. Se mecía concentrada y me miraba. Volvía al punto y retomaba la vista de reojo. Una y otra vez.

–Jana, haz el favor de apagar la luz.

¿Que apague la luz?¡Que apague la luz!¿Cómo iba a apagar la luz? Petrificada. Exactamente así fue como me quedé. No alcazaba a reaccionar. Mi marido insistía como era normal, en volver a la oscuridad para retomar el sueño. Para no hacerlo necesitaba al menos una excusa coherente. Pero ¿cuál?

–Jana, ¿qué te pasa? –preguntó dándose la vuelta.

Que ¿qué me pasaba?, ¡Qué me pasaba! Lo más complicado fue reaccionar para que no se diese cuenta de que lo que se hallaba ante mí era una persona tan real como nosotros pero situada un poco más a la izquierda y que, al parecer, solo veía yo. ¿Qué podía hacer o decir? ¿Apagar la luz? De eso nada. Apagar la luz no entraba en mis planes.





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