ALEJANDRA Y LOS CARACOLES:UNA PROVOCACIÓN PARA LA CONFUSIÓN TOTAL DEL PROTOCOLO.

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–¿Ana?
–¡Buenos días David!¡Qué sorpresa!–exclamó con su papel bien ensayado.
–¿Sorpresa? ¿En serio?
–¿Qué ocurre?–preguntó con una entonación expiatoria de culpa–. Mira, ahora mismo no puedo atenderte, pero si quieres podemos quedar para comer y hablamos ¿Te parece bien?
–Esto...

David no alcanzó a finalizar. Quisiese o no quisiese debería pasar el filtro de la gran Ana Sansaloni.

–Bien. Pues nos vemos en el Maryroad a la una en punto. Nos tomamos un aperitivo con tranquilidad y comemos. Ten en cuenta que tengo exactamente treinta minutos. A las trece cuarenta y cinco...creo...-interrumpió mientras se escuchaban unas hojas pasar y a Maite, su secretaria/ayudante/chica para todos, susurrándole una reunión–. Sí eso...dice Maite que tengo una reunión con inversores.¡Uff!Esa reunión... ¡No me acordaba! Bueno, no pasa nada...Comprenderás que es importante, así que...no llegues tarde. Hablaremos de todo lo que necesites, me disculparé por todos los males que he cometido y eso..., prometido.¿Sí? ¡Estupendo!

–¡¿Lo que necesite?!–preguntó visiblemente afectado–. Mira Ana...

No pudo hablar nada más. El sonido característico del colgado de teléfono fue lo único que le mantuvo la conversación.


Fuente imagen:
Pixabay
Autor: Alexas Photos
El Maryroad era uno de los restaurantes favoritos de Ana. Cuando se conocieron, tomaron su primer cóctel allí. Poco tiempo después, comían a diario en él siempre que podían, entre otras cosas por su proximidad a las oficinas. Lo que desconocía David es que, además, desde su segundo divorcio, se había convertido en centro de sus operaciones empresariales. Ana lo adquirió a bajo precio.  Justo al estallar la crisis en el verano del 2007 y desde entonces (como todo lo que tocaba) lo remontó ganándose el respeto de todos los restauradores de la ciudad llegando a otorgarle el premio al mejor local de restauración de ese año. 


A la una en punto apareció. Con traje impecable, camisa blanca y sin corbata. Sus zapatos merecían sin embargo un capítulo personalizado en el que no entraremos. Solía pulirlos hasta la saciedad y se reflejaba cualquier halo de luz en ellos de forma sorprendente.
Entró en el restaurante y preguntó por la reserva. 

El camarero, un muchacho de apenas diecinueve años le buscó en la lista del ordenador de la entrada.

–Sí, señor....A la una, Ana Sansaloni. Permítame que le acompañe a la mesa–respondió con gracilidad y una sonrisa aparentemente franca–. La señora Sansaloni todavía no ha llegado.

Típico de ella, pensó David desabrochándose la chaqueta al tiempo que se sentaba.

–¿Quiere que le traiga algo de beber mientras espera, señor?–preguntó el chico.
–Sí gracias. Póngame un vino blanco.
–Enseguida, señor–. Contestó saliendo raudo hacia la zona de barra.

Quince minutos después y segunda copa comenzada, notó una mano que le acariciaba los hombros a modo de bienvenida. 



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