AURORA LA DENOMINADORA. LA SUCIEDAD QUE NOS DEJA EL ALCOHOL II

AURORA LA DENOMINADORA. LA SUCIEDAD QUE NOS DEJA EL ALCOHOL II




Aurora se dirigió a la puerta, expandió su hueco ocular por la mirilla y abrió con desgana.

-¡Hola!-exclamó con excesivo entusiasmo.
-¿Crees que son horas?-preguntó molesta impidiéndole el paso al abrirla y ver a Ángel. 

Fuente imagen: theselby.com
Aquel muchacho era infatigable. Durante los últimos cuatro meses había ido a visitarla puntualmente una vez a la semana. Al menos eso era lo que recordaba puesto que su punto de referencia era la codiciada petaca rellena de  Whisky de Malta y eso es lo que había disfrutado a menudo en los últimos meses.

-Aurora, no es la primera vez que vengo a estas horas, venga...déjame pasar que estoy rendido. Espero que no te importe que me quede a dormir. Este barrio no es muy recomendable en esta franja horaria...bueno ni a ninguna- murmuró.
-Te he dicho que no puedes pasar ahora- esbozó entre dientes- tengo visita.

Él hizo amago de estirar el cuello con la idea de ver quién era su acompañante. Aurora lo intuyó y entornó un poco para evitar, precisamente eso.

-No puedo volver a casa- concluyó con la cabeza gacha.- Acaba de echarme mi casero. No tengo donde ir- replicó ante su negativa con la voz quebrada.- Traigo la petaca...

Así fue como finalizó su argumento y de esa misma forma consiguió su propósito: que se apiadase de él.
Soltó la mano y la puerta realizó un leve balanceo de apertura por el impulso.

-Pasa...antes de que me arrepienta- concluyó mirándole enternecida por la confesión.
-Gracias, te lo agradezco de verdad-su expresión facial lo decía todo.

Al ser un piso diáfano, inmediatamente observó a Sergio colonizando el sofá con la confianza de quien no es la primera vez que lo hace.
Antes de que Aurora pudiera iniciar el ritual de las presentaciones, Sergio se levantó y alargó su mano.

-Sergio, controlador editorial y amigo de Aurora.
-Ah...o...bueno, yo soy Ángel...amigo...creo-murmuró sin percatarse de que llevaba ya la petaca en la otra mano.

Había cogido la costumbre de sacársela del tobillo en el rellano del piso de Aurora para ahorrar tiempo en discusiones. No era hoy la primera vez que le negaba el acceso (si no pagaba el peaje correspondiente).

-Por lo que veo, también suministrador...- frunció el ceño con claro augurio de una mala relación entre ambos señalando con los ojos el recipiente.
-Ah...¿lo dices por esto?Bueno...ejem... tiene una explicación-contestó.

Inmediatamente la anfitriona interrumpió el discurso sin dejar espacio para esas supuestas debidas excusas acerca del alcohol al que la invitaba aquel muchacho cada vez que la visitaba para verla trabajar.

-¿Qué explicaciones ni qué leches? ¡Tú no tienes por qué excusarte! Sergio es mi jefe, me ha hecho una visita rutinaria y ya se iba ¿verdad?

En ese momento, el susodicho observó detenidamente que los ojos de Aurora comenzaban a tornarse ojos de lechuza ensangrentados. ¿Me está echando?, pensó con incredulidad.


-¿Verdad?- insistió con la pregunta depositando suavemente su mano en la espalda en clara inclinación de cortesía dirigible hacia la puerta.

Sí. Definitivamente, Aurora le invitaba a marcharse. Pero él no estaba dispuesto. Necesitaba obtener "su" explicación de aquella situación.  ¿Celos? Es más que probable y superficial, pero así era Sergio. No sólo no le había costado aparecer en el apartamento de Aurora después de tanto tiempo sin noticias personales de él,   sino que además se erigía como guardián moralista de lo "inapropiado".

Ah! No...yo no me voy, seguía pensando con la perplejidad en el rostro. No quería ni estaba dispuesto a hacerlo. El cómo prolongar la estancia era la cuestión que debía resolver rápido.
En el intervalo para reflexionar sobre su estrategia, se percató de un golpe seco y volvió a la realidad. Aurora le acababa de cerrar la puerta en las narices.







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