EL DESCARTE DE ALEJANDRA, SUS SILENCIOS Y LA CONSTRUCCIÓN DE UN ENJAMBRE.




Alejandra disponía de los sábados y domingos por la tarde para su ocio. Así, intentaba alejarse de todo. No comunicaba a ninguno de sus amigos dónde se encontraba porque, al ser la única del grupo que tenía casa propia e independencia económica, intentaban agarrarse a ella como garrapatas.
Casi todas las semanas, en horario de clase recibía mensajes para que cediese su techo amablemente. Nunca preguntaba para qué. La única regla: que dejasen las cosas tal y cómo se las habían encontrado, de lo contrario no volvían a pisarla. 
A cambio conseguía más: una casa impoluta.  Al regresar los domingos por la noche, la cocina; recogida, el baño; olor a desinfectante, la habitación; sábanas limpias y ni rastro de ropa por el suelo. Alejandra tenía lo que todos anhelan, buenas amistades interesadas.

Del fin de semana, los sábados por la tarde los reservaba escrupulosamente para dedicarlos a la lectura. Cogía su tablet y se escapaba cual fugitivo, a leer. El lugar elegido casi siempre era  la cafetería de Robert que se encontraba a escasas dos manzanas de su residencia. 
Entró, saludó al dueño y se sentó. Al ser cliente habitual, siete minutos más tarde le servían su café con leche y un dado de chocolate, cortesía de la casa.
Allí sentada comenzaba su selección.
Fuente imagen: La mariniere
-Vamos a ver... por dónde empiezo hoy... En el enjambre...Byung-Chul Han..., me da un poco de pereza, pensaba revisando los títulos de que disponía en la tableta digital-. ¡Ah! ¡Paul Auster!- exclamó como si no recordase que se encontraba allí "Smoke & blue in the face".

Empezó a leer. Pasados diez minutos, percibió una amplificación sonora molesta y levantó la cabeza de su inmersión. La cafetería estaba repleta de gente. En ese horario solía tener tres o cuatro mesas salpicadas de dos o tres personas cada una. Sin embargo; lleno absoluto. No cabía ni un alfiler más. 
Cuando quiso darse cuenta, tenía delante de ella a un chico de más o  menos su edad con un libro en la mano.

-Disculpa que te moleste, ¿te importaría si me siento aquí? Es que  no hay más sitio. Prometo no molestar. Yo también quiero leer- dijo extendiendo el brazo para que corroborase que el libro era de verdad y su motivo para tomar asiento.

Su mohín de desagrado la delató, incluso antes de que hablase, pero como la cara de aquel chico gesticulaba muecas de "por favor" "por favor" a falta sólo de juntar las manos y arrodillarse, cedió.

-Si sólo vas a leer y no me interrumpes..., puedes sentarte- le replicó sin prestarle demasiada atención.
-Prometido. 

El muchacho tomó asiento y abrió su libro.
Al desplegar las tapas Alejandra, de soslayo leyó el título y apretó los labios para que no se le notase la sonrisa. "En el enjambre", justo el libro que ella descartó hacía unos minutos. 
Al menos no es perezoso, pensó prosiguiendo con su lectura.


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