EFECTIVAMENTE, UN VIOLINISTA EN MI TEJADO (III)

EFECTIVAMENTE, UN VIOLINISTA EN MI TEJADO (III)

Este es uno de los relatos que forman parte, por orden, de la serie La señora Abbot:
El paseo matutino 1

Las doce y media de la noche y otra vez ese maldito violín. Jana Abbot, perfecta mujer de dormida de ocho horas mínimo, se levantó de la cama con una furia inusual. Inmediatamente perdió el equilibrio. Malda le hacía la puñeta, sin lugar a dudas.
Su visualización por la parte izquierda comenzaba a incrementarse asombrosamente y, pese a que por la noche solía no molestarle demasiado, no pudo más que bajar las escaleras apoyada en la pared, arrastrándose como una lagartija-serpiente, tocándolo todo, porque, la visualización extrema la dejaba casi ciega.

Al llegar al piso inferior, buscó a tientas, las gafas de sol dentro de su bolso que permanecía pendido del perchero de la puerta de entrada y se las colocó. Ahora, no veía nada de nada, pero de verdad.
Cuando sus ojos se acostumbraron a las sombras, al menos, pudo intuir las formas, empuñó la puerta de salida y sin pensarse que llevaba puesto un pijama veraniego(eufemismo de pantalón corto y camiseta de tirantes nada apropiados para mostrar en público) y pantuflas a juego,  se lanzó a la calle y se plantó con brazos enjarrados en medio de la acera. 

Su brújula visual no acertaba a ver, pese a que dirigía la mirada a izquierdas, derechas y laterales(todos), a nadie en los porches de los vecinos. Ni rastro de luz en ninguna habitación en toda la calle.Su pie derecho pegaba toquecitos nerviosos intermitentes en el suelo a la espera de resultados.

-Vaya...¿Dónde está? ¿Dónde carajo...?

Fuente imagen:
jocundist.com
Al inclinar su cabeza hacia el cielo, alargando el cuello más de lo que hubiese deseado (aquello le provocó una contractura durante los  cuatro siguientes días) lo vio. Allí estaba el vecino violinista tocando otra pieza de música clásica, esta vez "Nessun Dorma". Y, pese a todo, le hizo gracia. 

-Oiga...¿Se puede saber qué hace ahí?
Jana intentó no gritar, pero, desde donde se encontraba no le escuchaba. Tuvo que hacerlo para llamar la atención a su "respetable conciudadano".

-¡Perdone!¡Perdone!

-¿Disculpe?- preguntó extrañado el caballero interrumpiendo la pieza.

-Le digo que ¿¡qué hace ahí en "mí" tejado!?- volvió a preguntar con enojo sustancial.

-¿Qué no le gusta?

Jana y su estupefacción se quedaron mudas por unos segundos. Rápidamente se recompusieron.

-¿En serio me está preguntado si me gusta el Nessum Dorma de Turandot? ¡Pues claro que me gusta! pero...

-¿Entonces? Deje que acabe la pieza y si quiere seguimos hablando. Es de mala educación interrumpir cuando un músico está actuando.

La señora Abbot encolerizó. Ella misma se lo notó porque se le calentó el cráneo. Desde que hubo adquirido aquella especie de "hipersensorial power", sus estados de ánimo se manifestaban de diversas formas. De momento, conocía que el enfado monumental solía ser una subida de calor de los pies hasta la cabeza, manteniendo alta la sensación térmica en esta última. La alegría sin embargo, transformaba sus dedos de los pies en cubitos de hielo. Hay que tener en cuenta que según las estaciones del año, aquello podía no ser una desventaja. Lo que todavía no controlaba era su estado de asombro por aquellos acontecimientos. Eran la causa por la que perdía durante unos instantes, los reflejos discursivos.
Por eso, antes de que pudiera decir nada más, el violinista del tejado la miró con ojos de extrañeza y en vez de seguir tocando, interrumpió de nuevo sus "killer" pensamientos.

-¿Por qué lleva gafas de sol?

-Disculpe...esto...ese no es el tema- respondió confusa a su interrupción.

-...¡Oh sí!Yo creo que sí... Responda- le inquirió con firmeza.

-¿Me está pidiendo usted que le explique el motivo de por qué llevo gafas de sol a las doce de la noche, que por cierto, es una larga historia, y no le extraña estar tocando el violín en tejado ajeno a la hora de los vampiros?
-¡Ah!- exclamó el vecino violinista- es por eso por lo que la veo tan alterada. No se preocupe mucho. No lo escucha nadie más que usted.

La señora Abbot se deshizo de las gafas de sol instintivamente para ver, con la mota de su ojo izquierdo, al personaje que acababa de decir aquello.
El violinista, al observar su cara, sonrió y volvió a su pieza musical con la misma concentración que en sus inicios.

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